jueves, 28 de julio de 2016

Rosas de gominola

La entrada de hoy es un poco especial ya que no traigo una receta propiamente dicha sino que os quiero enseñar el centro de rosas de gominola que preparé para la boda de mi hermano.
Ya os comenté en la entrada de la semana pasada que había preparado alguna cosilla para este día y que no podía decir nada para que fuera sorpresa (aunque yo creo yo que ni mi hermano ni mi cuñada a dos días de la boda tuvieran tiempo para pasar a cotillear por mi blog) 

Quería que tuvieran un recuerdo especial de nosotros y en un golpe de lucidez entre toma de pecho y cambio de pañal de madrugada me acordé de estas flores que había visto hace tiempo así que me puse a investigar cómo se hacían (porque suponía que eran complicadas y que igual no estaban a mi alcance) para ver si era capaz.
Mi sorpresa fue que son bastante fáciles de hacer y que con un poco de paciencia queda un centro bastante bonito o al menos a mí me parece muy vistoso. A los novios también les gustó bastante, que es lo que importa y espero que guarden durante largo tiempo un dulce y bonito recuerdo de este día.

¿Qué queréis que os cuente de la boda? Como todas las bodas tardó mucho en llegar y se pasó muy rápido y ahora sólo nos queda un bonito recuerdo.

Me gustó mucho que los novios se volcaran tanto en este acontecimiento desde el principio y le dieran a todo su toque personal porque son los pequeños detalles como las invitaciones o los regalos a los invitados los que marcan la diferencia.

La ceremonia fue en una iglesia muy pequeñita y con mucho encanto, no podían haber elegido mejor (y lo digo yo que no me gustan las bodas religiosas) y estuvo llena de gestos y palabras de cariño hacia los novios que hicieron derramar más de una lágrima (la primera en llorar esta que escribe que se emociona por todo).

Espectacular la entrada de la novia en la iglesia, a la que le cantaron una canción preciosa los amigos, y espectacular también la salida de los novios con lluvia de arroz, pétalos y traca de petardos y de nuevo una canción. Y todo esto bajo un sol de justicia, en pleno mediodía, sin una sombra en la que cobijarse y todo el mundo aguantando con el traje, los tacones, los tocados (los grandes daban una sombrita muy buena ji ji ji) y las capas diversas de los vestidos.
El almuerzo y el baile posterior estuvo muy bien (yo en el baile sólo me quedé un ratito, imposible cerrarlo en mi situación, aunque no me faltaron ganas). Fue una boda íntima para lo que se estila por estos lares pero es más cómodo para los novios y también para los invitados ya que se les puede atender mejor (al menos esa fue mi experiencia cuando me casé) Confesaré sin pudor alguno que no repetí postre ¡me tomé tres! El camarero creo que alucinó un poco cuando le pedí un segundo postre, se ve que las mujeres se privan de ellos en lugar de zamparse dos. Y después me tomé el de mi padre que a ellos se lo sirvieron más tarde cuando acabaron de acompañar a los novios saludando a los invitados. En mi defensa diré que sigo comiendo por dos.

Y hablando de dos llega el turno de hablar de Lara que se portó bastante bien. Se quedó dormida en la iglesia y despertó casi al final. Cuando ya estaban casados y el tío de la novia gritó ¡vivan los novios! y todo el mundo se calló después de vitorearlos mi hija decició romper el silencio llorando ¡¿qué era aquello de quedarse tan callados?! con lo que a ella le gusta el jaleo...

Después durmió unos veinte minutos más durante la comida pero el resto del tiempo estuvo despierta y haciendo monerías a todo el que se acercaba a verla. Acabó destrozada y el domingo estuvo casi todo el día durmiendo (y yo agradezco que la noche del sábado echara ocho horas del tirón y me dejara descansar a mí también)
Hoy los novios ya están al otro lado del charco para disfrutar de su viaje e iba a decir merecido descanso aunque sinceramente creo que van a descansar más bien poco pero a cambio suponemos que disfrutarán bastante. ¡Ya estoy deseando ver las fotos que nos puedan ir adelantando por redes sociales o WhatsApp!

Ahora os explico cómo hacer estas rosas que son bastante más sencillas de lo que parecen. ¿Nos ponemos a ello?

Ingredientes:

* Lenguas (o lenguas de gato) rosas y verdes
* Brochetas de madera

Elaboración:

Os dejo el enlace del vídeo que yo vi porque una imagen vale más que mil palabras. 

No es complicado y después podéis adaptar la técnica a vuestro gusto, yo he hecho las rosas más apretadas porque temía que se desmoronasen ya que empecé casi dos meses antes ya que con Lara es complicado estar mucho rato haciendo algo y había tardes que podía hacer una y en una semana no hacer más.


Os aconsejo además que cuando os pongáis a hacerlas cubráis la mesa con un mantel porque sueltan muchísima azúcar.

Y perded el miedo que no se sueltan por mucho tiempo que pase. Es más, con este calor ¡se pegan! Yo no les humedecí con agua el extremo que se deja en la base al final para que pegase y no me ha hecho falta. Miré varios vídeos y en alguno lo recomendaban, pero ya os digo que a mí me ha ido bien sin ese paso.
Un aspecto fundamental a la hora de hacerlas es que las gominolas estén blanditas. Si llevan mucho tiempo en la tienda y están dobladas se van a partir si no al hacer las rosas después y las flores se verán deslucidas, así que es fundamental que comprobéis que las lenguas sean recientes y que no estén colocadas de cualquier modo porque las lenguas se han podido agrietar y se romperán al hacer las rosas (os lo digo desde la experiencia)
Yo las he montado en esta regadera de lata vintage que encontré en un bazar (os aseguro tiene asa aunque sólo se vislumbra en una de las fotografías) pero vosotros podéis hacer un ramo más tradicional o montarlas en el recipiente que más os guste o se adapte a las circunstancias.

Para hacer el montaje puse una bola de papel de embalar en la base y encima un trozo de la espuma verde que se utiliza para los arreglos florales (creo que se llama espuma floral) porque es más fácil de pinchar en ella los palillos de manera oblicua que en el poliestireno expandido (el corchopán de toda la vida, vamos) pero podéis usar lo que más a mano tengáis. Para cubrirlo he usado unas virutas de papel que venían en un paquete. Para que vea mi marido que cuando almaceno cosas es porque antes o después acabo dándoles utilidad (aunque en la mayoría de las ocasiones sea mucho después) ¡que para algo decía mi abuela que el que guarda siempre tiene!
En fin, que con un poco de imaginación hay mil posibilidades y yo he quedado tan contenta con el resultado que voy a tirar de estas rosas en más de una ocasión. Espero que os animéis con ellas y si tenéis cualquier duda ¡comentario, mail o WhastApp! e intentaré ayudaros en lo que pueda.

Disculpad que la "receta" de hoy sea tan diferente, pero me apetecía muchísimo compartir esto con vosotros ¡la semana que viene seguiremos con los dulces de siempre! ¡disfrutad mucho del fin de semana! 

Manos a la masa y ¡bon appétit!

jueves, 21 de julio de 2016

Tarta de leche merengada

Este año el mes de Julio se presenta rebosante de celebraciones. El pasado sábado (día 16) celebramos el santo de mi mami y el próximo sábado (día 23) se casa mi hermano ¡toma acontecimiento del año! 

No cabe duda de que mis padres están muy entretenidos entre la boda del niño (sólo somos dos hermanos) y el nacimiento de la primera nieta y no os quiero ni contar cómo lo vivo yo que la vida se me ha puesto patas arriba.

Tengo muchas ganas de que llegue el día pero me da pena porque se va a pasar volando y porque con Lara lo voy a disfrutar de otra manera. Me hubiese gustado estar más volcada y poder ayudar más a los novios además de preparar alguna cosita especial para ellos. No puedo adelantar nada por si acaso se pasan por aquí antes de la boda pero os diré que he hecho lo que buenamente mi niña me ha dejado. Y como diría Mayra Gómez Kemp "hasta aquí puedo leer"

Parece mentira que esté más nerviosa que para mi boda y es que ese día estaba la mar de tranquila y sin embargo en las bodas de los demás lo paso fatal y me ataco muchísimo. Cruzo los dedos para que todo salga bien, para que Lara no lo pase mal y disfrute del día a la par que nos deje disfrutar a los demás (a ver cómo nos organizamos con las comidas, las tomas, el vestido, el tocado, los tacones y el largo etcétera que me empieza a preocupar) y sobre todo espero que los novios tengan un bonito día que recordar siempre.

Es curioso que hoy me preocupen mil cosas en las que no caí cuando mi hermano anunció su boda. Entonces yo ya estaba embarazada y ¿sabéis cuál fue mi mayor preocupación? estar gorda para ese día...  ¡Tiene bemoles la cosa! Pues bien, puedo estar tranquila porque cinco meses después del parto y sin haber hecho dieta (imposible dando el pecho) ni haber vuelto a correr (imposible con una niña tan pequeña porque bastante es dejarla con mis padres para venir a trabajar como para que se la queden también para caprichos) tengo la barriga plana, me pongo sin problema mi ropa y aunque la báscula se empeña en que peso cuatro kilos más que antes del embarazo tienen que ser fundamentalmente retención de líquidos y un poco de grasa que me queda en muslos y caderas pero que no se va a ir hasta que deje de dar el pecho porque la naturaleza es sabia y el cuerpo se aferra a sus reservas para que pueda seguir produciendo leche.

También os digo que no me hubiese preocupado en absoluto si pesara nueve kilos más y siguiera con el abdomen hinchado. Me he dado de bruces bruscamente con la realidad desde que nació Lara y he comprendido que estos saraos se afrontan con otras preocupaciones cuando tienes un bebé.

En fin, me dejo de divagaciones y os prometo que la semana que viene os contaré cómo fue tan magno acontecimiento.  Ahora me centro en esta tarta de leche merengada que es toda una delicia.
Si me seguís desde el principio igual alguno haya caído en la cuenta de que tengo otra tarta de leche merengada publicada en el blog. Podéis encontrarla pinchando aquí y no es casualidad que también la preparase para el santo de mi madre. 

Vereis, mi madre es de esas personas "raras" a las que no les gusta el chocolate que tan socorrido es para hacer tartas para celebraciones así que me gusta buscar alternativas a las tartas de queso (que a esas no le sabe decir no) y como el sabor de la leche merengada sí que le gusta este año he querido probar esta versión que es más rápida y sencilla de preparar, factores ambos muy apreciados en mi cocina desde que Lara llegó.
 La otra tarta es de textura mousse y esta es de textura flan, pero en cuanto a sabor ¡son primas hermanas! y como sabéis que soy la tonta de la canela ¡yo caigo rendida ante este postre! 

Es cierto que la otra sabía más a limón que esta porque aquí la canela es sin duda la protagonista (tal vez me pasé espolvoreando la superficie porque al infusionar la leche olía bastante a limón) pero no seré yo la que se queje de eso.
Me gustan ambas, pero he de reconocer que esta tiene la ventaja de que es bastante rápida de hacer y que incluso puedes dejar la preparación infusionando y seguir después que no pasa nada. Es más, es hasta mejor para que la leche tome el sabor del limón y la canela.

¿Os animáis a prepararla este verano y disfrutar del sabor de la leche merengada casera que tan típica es de esta época?
¡No hay excusa que esta tarta no necesita horno!


Ingredientes:

* Un rulo de galletas tipo María
* 100 gramos de mantequilla
* Una cucharadita de canela en polvo
* 500 ml de leche evaporada
* 500 ml de leche (en casa tomamos semi)
* Dos sobres de preparado para cuajada
* 160 gramos de azúcar blanca
* Una rama de canela
* Un limón grande o dos pequeños
* Canela en polvo para decorar

Elaboración:

1. Pulverizamos las galletas en la picadora, las ponemos en un bol, le añadimos la cucharadita de canela en polvo y la mantequilla derretida. Mezclamos bien y vertemos en un molde desmoldable. Presionamos con ayuda de un tenedor o una cuchara para dejar nivelada y bonita nuestra base. Reservamos en el frigorífico.

2. En una cacerola ponemos la leche evaporada y la mitad de la leche junto con la rama de canela y la piel del limón muy bien lavada. Procuraremos poner sólo la parte amarilla ya que la blanca puede hacer que amargue.

3. Ponemos a calentar hasta que rompa a hervir. Mantenemos al fuego unos minutos, apagamos, tapamos y dejamos infusionar un rato para que se impregne bien del sabor de la canela y el limón.

4. Retiramos la piel del limón y la rama de canela, colamos, añadimos el azúcar y volvemos a poner al fuego removiendo de vez en cuando para que no se queme el azúcar.

5. En la leche reservada disolvemos los dos sobres de cuajada.

6. Cuando nuestra mezcla rompa a hervir añadimos la leche con la cuajada disuelta y mantenemos al fuego de cinco a diez minutos más.

7. Sacamos el molde de la nevera y vertemos la mezcla.

8. Esperamos a que temple y una vez fría metemos en el frigorífico para que cuaje.

9. Antes de servir desmoldamos y espolvoreamos con canela.

Lo ideal es tomarla muy fresquita y si queréis que no sepa mucho a canela espolvorear la superficie menos de lo que yo lo he hecho.
He utilizado un molde de 25 o 26 centímetros de diámetro. Así no queda muy alta y parece que tenemos menos remordimientos de conciencia al tomar una porción.

Si os gustan las tartas más altas debéis usar un molde más pequeño o incrementar la cantidad de ingredientes.
Espero que os animéis con este delicioso postre ¡os va a encantar!

Os dejo, que los nervios y la emoción preboda no me dejan parar mucho rato quieta en el mismo lugar. Espero que paséis un feliz y dulce fin de semana ¡nos vemos en unos días!

Manos a la masa y ¡bon appétit!

jueves, 14 de julio de 2016

Bizcocho de horchata

Cuando eres madre entras a formar parte de una nueva dimensión. Igual esto es un secreto y no debería de hablar de ello (si la semana que viene no vuelvo a aparecer por aquí podéis temer que me han enviado unos matones por irme de la lengua) pero yo no tenía ni idea de que la maternidad te hace entrar en la Liga de las mamás extraordinarias y en tu día a día empiezan a ocurrir cosas que no te esperabas.

En cuanto la gente se entera de que estás embarazada todo el mundo empieza a preguntarte cómo estás y cómo lo llevas. Hasta aquí todo normal porque es lógico que tu entorno se preocupe. Lo que ya no es normal es que te pregunte por tu estado gente que hace mil años que no te habla o que directamente no te ha hablado en la vida. Véase a modo de ejemplo antiguas compañeras de colegio o instituto con las que desde hace años te cruzas por la calle y ni adiós te dicen ya, chicas que conoces desde pequeña del barrio con las que no has hablado en la vida a pesar de que ellas te conocen tan bien a ti como tú a ellas, hermanas o primas de alguna amiga... Os hacéis una idea.

Pues es verte con la barriga o con el carrito y si han sido madres ya te están preguntando y dando consejos cual si fueran amigas de toda la vida. Que no digo yo que me parezca mal pero sí algo un poco sectario. Además yo soy un miembro de este selecto club bastante malo porque en mi naturaleza no está quedar bien con todo el mundo y se me olvida preguntar y pelotear al resto de las madres. Lo que yo os diga, me van a echar ji ji ji

Y por si fuera poco lo anterior todo el mundo, absolutamente T O D O, sabe lo que tienes que hacer si tu bebé llora, si tiene gases, si no quiere el chupete, si no duerme, si le sale un sarpullido, para aliviarte el dolor de los puntos, para acelerar la cicatrización del desgarro, para que tengas leche, para que no se te agriete el pecho... ¡es que saben hasta si tienes o no pecho suficiente para alimentar al bebé sólo con verte! ¡Qué lista es la gente! y qué pena que hablar sea gratis y no tenga consecuencias...

Pues bien, como a mí el pecho no se me puso en la primera semana cual actriz-porno-megaoperada (ni en la primera ni en la vigésima, conste) y con el sacaleches no era capaz de sacar nada cuando se me puso duro y empezó a doler a los cuatro o cinco días después del parto inmediatamente ya me estaban diciendo que no tenía leche y que fuera pensando en pasar al biberón a Lara. Para colmo de males la pobrecita mía empezó con los gases desde la cuarta noche y sólo se calmaba tomando pecho. Como al quitarla del pecho lloraba la gente que es muy lista sentenciaba que era por hambre. Menos mal que aún siendo primeriza me hice la fuerte y dije que iba a esperar unos días antes de ir corriendo a la farmacia. En la primera semana no varió de peso (en el hospital ya nos advirtieron que podría perder hasta medio kilo y que no nos asustáramos al pesarla) y la segunda semana me hizo 265 gramos. Sentí un alivio tan grande como si me quitara una losa de cien kilos de la espalda y decidí que no iba a hacer caso a nadie y que a Lara la iba a criar como mejor me pareciera a mí y me dictara mi instinto.

Creo que no me he equivocado porque sigue tomando pecho y pesa más de siete kilos y medio sin haber cumplido aún los cinco meses.

Que no digo que no aprecie consejos y sugerencias pero me revientan los listos que saben lo que tienes que hacer y te quieren hacer sentir como la madre más inútil del mundo. Como ejemplo os cuento que a Lara no le gusta demasiado ir en el carro (ni el capazo, ni el grupo 0 ni la silla de paseo, que ya hemos probado en todos) y hay días que la sacamos y se pone a llorar. Pues ya llega la lista de turno que te dice "¡Ay pobre, que la llevas llorando! ¿por qué no le pones el chupete?"

¿El chupete? ¡no me digas que con el chupete se calman! y yo tan tonta, primeriza, que no lo sabe...

¡¿Serán idiotas?! ¿no ves que lleva el chupete ahí colgando? ¡que mi hija no quiere chupete, que no lo ha querido nunca y aunque lo seguimos llevando por si un día suena la flauta probablemente no lo querrá en la vida! (y una cosa menos a quitarle dentro de unos meses...)

Menos mal que hay gente que sin intención de poner escuela te comenta lo que hacía con los suyos por si te sirve de algo o es capaz de consolarte y hacerte ver que todas las madres han pasado por lo mismo, que no eres la única a la que un bebé le ha volteado la vida y que con el paso de los meses todo vuelve a la normalidad.
Mi intención era contaros otra cosa para presentaros esta receta pero como cuando me pongo delante del teclado mi pérfida labia es voluble y caprichosa y me lleva por otros derroteros lo haré en otra ocasión para no alargar más la espera de esta maravilla.

Es verano (no hay lugar a dudas) y el verano tiene sus cosas típicas como la playa o la piscina, el gazpacho, la sandía, el abanico, los helados, las sandalias, los vecinos sentados en las puertas de las casas al anochecer, los mosquitos, la siesta... y un largo etcétera porque cojo impulso y no callo.
Otra de las cosas típicas del verano, al menos para mí, es la horchata. Probablemente más de uno diga que la horchata (como los helados) se toma todo el año pero yo leo horchata y automáticamente pienso en verano. Lo más curioso es que a mis 34 no la había probado (en mi defensa alegaré que es porque no he visitado aún tierras valencianas) y el otro día la vi de oferta en el supermercado y me vine con una botella a casa.

No sabía qué esperar de esta bebida y con total sinceridad os digo que a pesar de que no me ha resultado desagradable no me ha terminado de gustar. Supongo que lo que he comprado no tiene nada que ver con la que podría tomar en una buena horchatería y tengo claro que el día que vaya a Valencia me voy a tomar una, pero me vi en casa con una botella casi entera de horchata que o se me ocurría algo o después de dar muchas vueltas en el frigorífico y ocupar un lugar muy valioso en verano se iba a poner mala e iba a tener que tirarla.
¿Y qué mejor que usarla en repostería? En un primer momento pensé en adaptar la receta de algún bizcocho que llevara leche y sustituirla por horchata pero me dio por mirar si había alguna receta en la red de bizcocho de horchata ¡et voilà! me topé con esta que estuvo muy de moda en la blogosfera hace unos años y que está publicada en un montón de blogs.

Lo único que he hecho es reducirle la cantidad de azúcar y poner un poco más de horchata que ya aporta dulzor suficiente, al menos para mí.

El resultado es un bizcocho esponjoso y suave con un delicioso sabor que será ideal para cualquier desayuno o merienda sólo o acompañado de un buen vaso de leche, batido u horchata ¿por qué no?
A pesar de llevar una buena cantidad de horchata el sabor no es intenso sino que es bastante sutil lo que lo hace bastante agradable en boca.

Sé que me vais a decir que la horchata puede ser todo lo veraniega que yo quiera, pero que hornear bizcochos de veraniego tiene más bien poco y en eso os doy la razón, pero si no le teméis a abrir una puerta al infierno al encender el horno os animo a que hagáis esta receta que seguro os va a sorprender o esperéis al final del verano porque no sé si la horchata se puede comprar en el supermercado todo el año.

Me dejo de rollos y os cuento cómo prepararla que se tarda muy poquito y nos sobra con una varilla manual.

Ingredientes:

* 3 huevos
* 150 gramos de azúcar
* 100 ml de aceite de girasol
* 300 ml de horchata
* 400 gramos de harina
* 1 sobre de levadura química
* 1 pellizco de sal

Elaboración:

1. En un bol ponemos los huevos junto con el azúcar y la sal y batimos hasta obtener una mezcla espumosa.

2. Añadimos la harina y la levadura y vamos mezclando a la vez que añadimos el aceite y la horchata hasta obtener una masa homogénea.

3. Untamos con mantequilla o cubrimos con papel de hornear el molde que vayamos a utilizar y vertemos la masa.

4. Introducimos en el horno precalentado a 180º C y horneamos durante unos 40-45 minutos. Comprobamos el punto de horneado pinchando con un palillo de madera y cuando salga limpio podremos apagar el horno.

5. Dejamos reposar con la puerta entreabierta unos minutos. Sacamos, desmoldamos y dejamos enfriar sobre una rejilla.

Seguro que os gusta porque sólo está muy rico, pero acompañado de crema de cacao (las ideas de mi señor esposo) o con un poquito de mermelada ¡está de puro lujo!
Además cuantos más días pasan mejor está, al menos a mí me ha gustado más porque en lugar de secarse o ponerse duro se pone más húmedo y jugoso ¡pura delicia! Y me encanta cuando los bizcochos se rompen por arriba al hornear ¡quedan tan bonitos!
Para conservarlo en perfecto estado lo envuelvo en film transparente y lo dejo en la nevera porque con este calor no me fio de dejar las cosas que horneo fuera porque temo que se ponga malo en cuestión de días (porque decir horas me parece exagerado pero con este verano que tenemos todo puede ser)

 Me despido de vosotros hasta la próxima semana y os deseo un feliz y dulce fin de semana.

Manos a la masa y ¡bon appétit!

jueves, 7 de julio de 2016

Bavarois de paraguaya

 ...siete de julio ¡San Fermín!

Aunque Pamplona me pilla bastate lejos y ni por asomo se me ha pasado por la cabeza en la vida ir a los San Fermines (más ahora que estoy para estos saraos menos que nunca) es imposible no enterarse de que hoy comienzan las fiestas pamplonicas y que aquello será un despiporre durante una semana. Habrá que ver lo que opinan los vecinos, especialmente aquellos que tengan que seguir levantándose cada día para ir a trabajar cuando lleven varios días con la fiesta en la puerta de casa.

Igual más de uno te escucha cantar la cancioncilla con la que empezaba esta entrada y te calla metiéndote directamente el zapato en la boca (y eso sin ánimo de ser grosero porque seguro que se le ocurre algún sitio más)

Está claro que nunca llueve a gusto de todos pero coincidiréis conmigo en que es una pena que fiestas emblemáticas acaben convertidas en un botellón continuo de siete días ¿de verdad hace falta beber tanto para divertirse? ¿cómo el alcohol se ha convertido en esencia de nuestras fiestas patrias y populares?  No abogaré yo por la abstinencia cuando he sido la primera en hacer botellón allá en mis años de instituto (poco) y en los de universidad (mucho) pero creo que cuando se traspasa la línea que convierte todas las fiestas en un macrobotellón continuo pierde todo el mundo desde los que sólo salen a emborracharse hasta las tradiciones que teóricamente se están festejando y acabamos cabreando al personal (véase los vecinos que tienen a los fiesteros bebiendo y ensuciando sin control a las puertas de casa)

No tenía pensado hablar sobre este tema precisamente pero hoy las musas me han llevado por estos lares y empiezo a mosquearme porque yo no tengo los San Fermines en la puerta de casa pero el fin de semana próximo sí que tendré mi pueblo tomado por todos aquellos que vienen a cierto festival veraniego que se celebra aquí y convierte las calles en un botellón masivo donde parece que no hay ley. Igual nos bañamos en una fuente que aparcamos en doble o triple fila (incluso delante de los vados) que vamos semidesnudos por la calle o nos estamos echando unos cigarritos de la risa libremente y sin tapujo alguno sin importar si al lado hay niños o un seto u otro festivalero evacuando pegado a la pared o en el portal de un bloque.

Y cuando nos quejamos y nos replican que el festival deja mucho dinero en el pueblo yo me pregunto si realmente la caja que hacen supermercados y hosteleros es mayor que el coste de la organización del evento y la limpieza de las calles una vez que la orda de visitantes ha pasado. Sinceramente creo que salimos perdiendo (no sólo económicamente, porque el civismo y la vergüenza están ausentes esos días) aunque aquellos a los que se les llena la caja durante tres días les importará bien poco que buena parte de los impuestos que pagamos todos se destinen a estos menesteres cuando se les podría dar otro uso que redundara en beneficio o disfrute de más vecinos.
Voy a dejar mi reivindicación particular (¡qué guerrera regreso por favor!) y os voy a hablar de este postre que igual no gustará a todo el mundo aunque es muy probable que conquiste a la mayoría.
Todo comenzó con mi madre asomando por la puerta de mi casa una tarde con una bolsa rebosante de paraguayas (o paraguayos, que yo nunca tengo claro cómo llamar a esta fruta y siempre he escuchado ambos términos) que le habían regalado en la frutería del supermercado del barrio. Yo alucinando porque nadie regala nada y más porque la fruta estaba madura pero tampoco como para tener que tirarla ese mismo día si no se le daba salida.

Poco importan los motivos de la frutera para tan magno regalo, lo importante en ese momento era que nosotros el día previo también habíamos comprado paraguayas (amén de más frutas) y me vi un poco desbordada (frutalmente hablando). Rápidamente empecé a maquinar qué hacer con ellas y me vino a la cabeza el bavarois cuya mayor complicación consiste en pelar las frutas y en esperar a que cuaje porque si pruebas la crema estarás abriendo continuamente la puerta del frigorífico para ver si ya está lista mientras te debates entre coger la cuchara y acabar con ella impunemente sin esperar más o ser paciente y darle el tiempo que requiere.
De este postre me encanta lo cremoso que es y el intenso sabor a fruta que tiene además de que no es empalagoso (sigo teniendo fobia a los postres excesivamente dulces) y es bastante refrescante e ideal para consumir fruta casi sin darnos cuenta en cualquier época del año.
Además se prepara en muy poco tiempo y sin apenas pasar calor ¡¿aún no estáis convencidos?! yo estaría ya en la cocina. Es un postre ideal para cualquier día y si tienes alguna comida o cena de esas que tanto abundan en verano en torno a una piscina quedaréis como reinas (o reyes) con este bavarois que se puede preparar con antelación y olvidarte del tema y si tenéis un molde cuqui ¡mejor que mejor! entrará por el ojo y después por la boca y todo el mundo feliz.

Es otra de esas recetas que tardo más en escribir cómo hacerla que en prepararla realmente ¿nos ponemos a ello?


Ingredientes:

* 15 paraguayas
* 200 ml de nata para montar
* 250 ml de leche
* 100 gramos de azúcar blanca
* Una cucharadita de esencia de vainilla
* 12 láminas de gelatina neutra

Elaboración:

1. Ponemos las láminas de gelatina a hidratar en agua fría.

2. Pelamos, deshuesamos y troceamos las paraguayas.

3. En un bol amplio ponemos la fruta, el azúcar, la vainilla, la nata y la leche y pasamos la batidora hasta que sea una crema homogénea. No pasa nada si queda algún trocito de fruta aunque si lo batimos bien queda una masa muy cremosa que ya apetece comerla a cucharadas desde este momento.

4. Ponemos la mezcla en una cazuela y llevamos al fuego hasta que esté a punto de romper a hervir removiendo con frecuencia.

5. Escurrimos la gelatina y la añadimos a la cazuela. Removemos hasta que esté disuelta y mantenemos en el fuego unos cinco minutos removiendo continuamente.

6. Vertemos en el molde que más nos guste, esperamos a que se enfríe, tapamos con film transparente y metemos en el frigorífico hasta que cuaje. Mejor de un día para otro.

7. Desmoldamos y servimos muy fresquito.
Podéis ponerle más o menos fruta según os guste o tengáis en casa. No pongo el peso porque no las pesé pero calculo que estará en torno al kilo y medio o dos kilos de fruta sin pelar ni deshuesar. Si ponéis menos fruta no os olvidéis de reducir la cantidad de láminas de gelatina para que no parezca una goma.
También podéis cambiar las paraguayas por melocotones o nectarinas o cualquier otra fruta de temporada que os apetezca. Es una receta que admite mil y una variantes y seguro que la veréis por estos lares en más de una ocasión.
Espero que os animéis a prepararla ¡seguro que os encanta!

Me despido de vosotros hasta la próxima semana ¡sed felices y pasad un dulce fin de semana! 

Manos a la masa y ¡bon appétit!